martes, 19 de julio de 2016

El amor de mi herida

"Que le digan a mi padre que lo quiero
y a mis hijos que mejor no pude hacerlo,
a Ella no le digan que estoy muerto."
Carlos Salem


El orgullo me arrastró a dejar de hablarle,
como un río que se desborda y no deja nada entero a su paso.
El orgullo se desbordó en mí y lo inundó todo.

Y no solo en mí,
también en él.

Por eso, hoy dejé que me lamieran otras miradas,
permití que sus palabras se deslizaran sobre mí.
Y aunque no sentí nada
por un momento imaginé que él estaba ahí.

Él, que sí que toca mi piel
mientras se eriza bajo sus dedos.
Él, que paraliza cualquiera de mis movimientos cuando me mira.

Que no necesita nada para que me pase las horas pensando en cómo abordarle de nuevo
sin reconocer que me he dejado ganar una vez más.
Que las batallas de quién-puede-más no van conmigo
desde que interioricé la brevedad de los días.

Pero aquí sigo,
pensando en cómo hacerte daño,
porque al menos quiero hacerte sentir algo.

De quién morderé los labios esta noche por despecho?
Ante quién abriré las piernas pensando que así cierro heridas?

Lo llamamos orgullo, 
pero los dos sabemos que es miedo.
Y mientras tú desapareces sin dejar rastro,
yo me guardo en el bolso unos cuantos pecados más. 
Lo suficientemente sucios y rastreros para herirte,
los mismos que jamás confesaría por no herirte.

Que para el amor de mi herida
solo tengo buenos deseos,
malos pensamientos,
decenas de venganzas sin emprender
y miles de noches de insomnio.