martes, 9 de mayo de 2017

La infancia perfecta

A veces pienso en lo extraordinario que sería redescubrir 
por primera vez todo lo que me ha apasionado.
Y me imagino montando temblorosa en un tren,
corriendo por el patio del colegio 
o suspendiendo mi primer examen de matemáticas.

Tuve tanta suerte de crecer en un entorno

que me regaló lo mejor que se le puede regalar a un niño: los libros.
Y por eso no paro de fantasear con la idea 
de leer por primera vez los que marcaron mi vida.
Y me recuerdo intentando leer todos los libros del mundo
para mover objetos con la mente como Matilda,
o sentirme especial por descubrir aquellas letras escarlata y verde
hablándole a Sebastian sobre Atreyu y Fuju.
Y cómo olvidar cuando viajé al centro de la Tierra
hasta alcanzar los pilares de la misma,
o navegando con un capitán de quince años.
Veinte mil leguas se me hicieron cortas
para codiciar ser un gran pirata 
y dejar Asia a un lado, al otro Europa,
y descubrir ante mí Estambul.
Navegaba por el Madrid de Pérez Galdós
y la Sevilla de Maese Pérez el organista.
Sufría por Anna Frank y su familia
mientras fray Perico y su borrico me hacían reír a carcajadas.
Leía acerca de vikingos, sirenas, piratas,
marineros, fantasmas, amantes, noches sin luna.
Volaba a Macondo y a París,
a San Petersburgo, el Amazonas,
Verona y la Tierra Media.
Lo que me importaba era sumergirme 
en aquellas páginas con olor a magia.
Acompañaba en su camino al poeta en Nueva York,
al marinerito en tierra,
a la Maga por París,
al Principito por el Sáhara,
al detective Poirot en el Orient Express.
Me empapaba del Anticristo de Nietzsche
y me desesperaba como Penélope aguardando el regreso de Odiseo.
Olor a libro viejo, olor a libro nuevo.
Verso libre o sonetos perfectos.
Ningún lugar era malo para leer,
ningún momento era inoportuno.

Mis padres se esforzaron tanto 

en regalarme todos estos universos que yo almacenaba en mi cabeza.
Aquella niña absorbía cada palabra
y soñaba con crear algún día mundos tan perfectos e inabarcables
como los que otros le hacían soñar.

Con el tiempo, descubrí también el cine,

pero...
esa es otra historia
y debe ser contada en otra ocasión.