Enero de 2006.
Primer día de clase tras la navidad.
Estrenaba mis botas y me puse una falda.
Una falda corta.
Volvía a casa y era noche cerrada.
No lo vi venir pero lo escuché.
Unos pasos tras mi espalda,
cada vez más cerca,
siguiendo mi camino.
Después pude escuchar tan cerca su respiración.
Por favor, no.
Esta falda es demasiado corta.
Por favor, a mí no.
De pronto una mano enorme de dedos ásperos me tapó la boca.
Intenté darme la vuelta, pero él me empujó contra una pared.
El golpe en la sien me dejó semi inconsciente.
Por favor, no.
Esta falda es demasiado corta.
No podía ni articular palabra.
Ni siquiera podía entender lo que estaba pasando.
Las medias rotas, el frío invierno de Madrid,
el sonido de unos vaqueros desabrochándose,
el fuego abriéndose paso entre dolor en mi cuerpo tembloroso y frío.
Cuando recobré el sentido me di cuenta de todo.
Ni siquiera lo pensé y comencé a gritar.
Si gritaba lo suficientemente fuerte, mi familia lo escucharía.
Por favor, no.
Papá, sálvame.
Esta falda es demasiado corta.
No debí ponérmela.
Es todo culpa mía.
Los gritos debieron de poner nervioso a mi agresor,
aún tenía mi cabeza apoyada en la pared agarrada por el pelo.
Escuché voces al doblar la esquina,
no tenía del todo claro dónde estaba exactamente.
El caso es que soltó el pelo golpeándome de nuevo la cara y salió lo más rápido que pudo.
Temblaba tanto que caí de rodillas.
Estaba paralizada, con la boca y los ojos tan abiertos que me dolían.
Era la calle anterior a la mía.
Por suerte mi padre no me había escuchado.
No podría soportar la vergüenza de tener que contarle lo que había pasado.
Empecé a sentir el frío bajo la falda.
Me temblaban tanto las manos que no podía ponerme en pie.
Pasaron tres chicas, más pequeñas que yo.
Me miraron pero siguieron caminando.
Pasados unos segundos - o minutos, no sé- pude ponerme en pie.
Caminé despacio.
Entré en casa y fui directamente a mi habitación, a la ducha.
Me sentía tan sucia y tan avergonzada que solo podía llorar.
No dije nada.
Todo era culpa mía.
Esa falda era demasiado corta.
Ya nunca más usé mis botas.
Tardé años en usar ropa ajustada, o tacones.
Tardé mucho más en querer salir de casa si no era estrictamente necesario.
Aún tiemblo cuando escucho pasos tras de mí.