Cuando no soporto la cárcel que es mi cuerpo,
me escapo al mar.
Es ese amigo confidente e incansable que siempre logra emocionarte.
Es el único que ya me emociona.
Corro hacia el mar y cuando llego a él, lloro.
Lloro porque nadie más me escucha gritar,
lloro porque no podrían comprender que a veces quiera saltar a abrazarte para siempre.
Hoy encontré a una chica sentada entre las rocas,
mirando el mar.
Al principio sentí complicidad.
Después, tristeza.
Si huye al mar por las mismas razones que yo, entonces necesita un abrazo con urgencia.
Y por último sentí miedo,
por si también a ella se le pasaba por la cabeza saltar desde la roca más alta.
Horas después nos encontramos de nuevo.
Suspiré aliviada de que no saltara,
y a su vez, miré las rocas...
Sigo intentando escoger la roca perfecta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario