lunes, 26 de noviembre de 2018

Confesiones tardías necesarias

Enero de 2006.
Primer día de clase tras la navidad.
Estrenaba mis botas y me puse una falda.
Una falda corta.
Volvía a casa y era noche cerrada.
No lo vi venir pero lo escuché.
Unos pasos tras mi espalda,
cada vez más cerca,
siguiendo mi camino.
Después pude escuchar tan cerca su respiración.
Por favor, no.
Esta falda es demasiado corta.
Por favor, a mí no.
De pronto una mano enorme de dedos ásperos me tapó la boca.
Intenté darme la vuelta, pero él me empujó contra una pared.
El golpe en la sien me dejó semi inconsciente.
Por favor, no.
Esta falda es demasiado corta.
No podía ni articular palabra.
Ni siquiera podía entender lo que estaba pasando.
Las medias rotas, el frío invierno de Madrid,
el sonido de unos vaqueros desabrochándose,
el fuego abriéndose paso entre dolor en mi cuerpo tembloroso y frío.
Cuando recobré el sentido me di cuenta de todo.
Ni siquiera lo pensé y comencé a gritar.
Si gritaba lo suficientemente fuerte, mi familia lo escucharía.
Por favor, no.
Papá, sálvame.
Esta falda es demasiado corta.
No debí ponérmela.
Es todo culpa mía.
Los gritos debieron de poner nervioso a mi agresor,
aún tenía mi cabeza apoyada en la pared agarrada por el pelo.
Escuché voces al doblar la esquina,
no tenía del todo claro dónde estaba exactamente.
El caso es que soltó el pelo golpeándome de nuevo la cara y salió lo más rápido que pudo.
Temblaba tanto que caí de rodillas.
Estaba paralizada, con la boca y los ojos tan abiertos que me dolían. 
Era la calle anterior a la mía.
Por suerte mi padre no me había escuchado.
No podría soportar la vergüenza de tener que contarle lo que había pasado.
Empecé a sentir el frío bajo la falda.
Me temblaban tanto las manos que no podía ponerme en pie.
Pasaron tres chicas, más pequeñas que yo.
Me miraron pero siguieron caminando.
Pasados unos segundos - o minutos, no sé- pude ponerme en pie.
Caminé despacio.
Entré en casa y fui directamente a mi habitación, a la ducha.
Me sentía tan sucia y tan avergonzada que solo podía llorar.
No dije nada.
Todo era culpa mía.
Esa falda era demasiado corta.

Ya nunca más usé mis botas.

Tardé años en usar ropa ajustada, o tacones.
Tardé mucho más en querer salir de casa si no era estrictamente necesario.

Aún tiemblo cuando escucho pasos tras de mí.

martes, 9 de mayo de 2017

La infancia perfecta

A veces pienso en lo extraordinario que sería redescubrir 
por primera vez todo lo que me ha apasionado.
Y me imagino montando temblorosa en un tren,
corriendo por el patio del colegio 
o suspendiendo mi primer examen de matemáticas.

Tuve tanta suerte de crecer en un entorno

que me regaló lo mejor que se le puede regalar a un niño: los libros.
Y por eso no paro de fantasear con la idea 
de leer por primera vez los que marcaron mi vida.
Y me recuerdo intentando leer todos los libros del mundo
para mover objetos con la mente como Matilda,
o sentirme especial por descubrir aquellas letras escarlata y verde
hablándole a Sebastian sobre Atreyu y Fuju.
Y cómo olvidar cuando viajé al centro de la Tierra
hasta alcanzar los pilares de la misma,
o navegando con un capitán de quince años.
Veinte mil leguas se me hicieron cortas
para codiciar ser un gran pirata 
y dejar Asia a un lado, al otro Europa,
y descubrir ante mí Estambul.
Navegaba por el Madrid de Pérez Galdós
y la Sevilla de Maese Pérez el organista.
Sufría por Anna Frank y su familia
mientras fray Perico y su borrico me hacían reír a carcajadas.
Leía acerca de vikingos, sirenas, piratas,
marineros, fantasmas, amantes, noches sin luna.
Volaba a Macondo y a París,
a San Petersburgo, el Amazonas,
Verona y la Tierra Media.
Lo que me importaba era sumergirme 
en aquellas páginas con olor a magia.
Acompañaba en su camino al poeta en Nueva York,
al marinerito en tierra,
a la Maga por París,
al Principito por el Sáhara,
al detective Poirot en el Orient Express.
Me empapaba del Anticristo de Nietzsche
y me desesperaba como Penélope aguardando el regreso de Odiseo.
Olor a libro viejo, olor a libro nuevo.
Verso libre o sonetos perfectos.
Ningún lugar era malo para leer,
ningún momento era inoportuno.

Mis padres se esforzaron tanto 

en regalarme todos estos universos que yo almacenaba en mi cabeza.
Aquella niña absorbía cada palabra
y soñaba con crear algún día mundos tan perfectos e inabarcables
como los que otros le hacían soñar.

Con el tiempo, descubrí también el cine,

pero...
esa es otra historia
y debe ser contada en otra ocasión.

martes, 19 de julio de 2016

El amor de mi herida

"Que le digan a mi padre que lo quiero
y a mis hijos que mejor no pude hacerlo,
a Ella no le digan que estoy muerto."
Carlos Salem


El orgullo me arrastró a dejar de hablarle,
como un río que se desborda y no deja nada entero a su paso.
El orgullo se desbordó en mí y lo inundó todo.

Y no solo en mí,
también en él.

Por eso, hoy dejé que me lamieran otras miradas,
permití que sus palabras se deslizaran sobre mí.
Y aunque no sentí nada
por un momento imaginé que él estaba ahí.

Él, que sí que toca mi piel
mientras se eriza bajo sus dedos.
Él, que paraliza cualquiera de mis movimientos cuando me mira.

Que no necesita nada para que me pase las horas pensando en cómo abordarle de nuevo
sin reconocer que me he dejado ganar una vez más.
Que las batallas de quién-puede-más no van conmigo
desde que interioricé la brevedad de los días.

Pero aquí sigo,
pensando en cómo hacerte daño,
porque al menos quiero hacerte sentir algo.

De quién morderé los labios esta noche por despecho?
Ante quién abriré las piernas pensando que así cierro heridas?

Lo llamamos orgullo, 
pero los dos sabemos que es miedo.
Y mientras tú desapareces sin dejar rastro,
yo me guardo en el bolso unos cuantos pecados más. 
Lo suficientemente sucios y rastreros para herirte,
los mismos que jamás confesaría por no herirte.

Que para el amor de mi herida
solo tengo buenos deseos,
malos pensamientos,
decenas de venganzas sin emprender
y miles de noches de insomnio.

jueves, 5 de mayo de 2016

Irene X

No sé qué tiempo hace aquí, al norte, pero sé que ahí donde estás hace sol. No me lo ha contado nadie, lo he visto en el telediario. Cubrían un suceso, no eras tú. Y hacía sol. Seguro que te ha costado abrir los ojos, después de la fiesta que seguro te regalarías anoche.
Y por un momento, mientras una punzada atravesaba tu cabeza, has contemplado la posibilidad de pasar el día en la cama.
Has jugado a ser gato y te has estirado de tal forma que has creído que podrías alcanzarme. Al final has salido de la cama, tú que sabes cómo salir de las adicciones. Y has bajado espléndida a la calle, con ese aire enfermizo cargado de belleza que te sacuden las resacas.
Estarás bebiendo cerveza y no te acordarás de mí. Hasta los quinta por lo menos. Alguien de ese ejército que llamas amigos de una noche estará recogiéndote del pelo detrás de la oreja. Seguro que sonríes conformista, como sabiendo que es lo mejor que va a pasar hoy.
Ayer volví a fumar demasiado. Y te imaginé desnuda de espaldas a una puerta. Nos imaginé pasando un buen día, tal vez una buena temporada. Pensé que debería llamarte, para contártelo. Y tal vez de esta forma tú podrías haberme confirmado su tuve un orgasmo o una premonición.
Aunque estarás ocupada porque evadirse ocupa espacio y no quise molestarte con mis tonterías.
Con mis deseos de niña que reparte el periódico a gritos sin noticias que ofrecer, con este extra de tristeza; con mil nimiedades, con estas ganas tontas de violarte dócil a plena luz de la noche y este miedo a que se haga otra vez de día y no te duela.

domingo, 1 de mayo de 2016

Intocable

Él es intocable.

Intocable
e irreverente.

Nunca le he visto vacilar
ni dejar de sonreír.

Intocable, irreverente, insolente y deslenguado.

Él es intocable,
con esos enormes ojos verdes que idiotizan,

Te idiotizan,
de verdad!
Lo he visto, y lo he vivido.
Te paralizan y no dejan salir un sonido de tu garganta.

Tiene todo el poder del mundo con sus palabras,
y no sabéis qué palabras.
Parecieran balas envueltas en fuego,
o algodón de azúcar cuando apagas la luz.

Desobediente, su postura favorita.

Cualquier ataque es en vano,
no podéis tocarle.
Él siempre estará por encima de vuestro humo.
Porque es mucho más fuerte que cualquiera de vuestros intentos.
Y mucho más grande.
Sólo podéis sentiros pequeños e insignificantes en su presencia.

Porque es tan intocable que todos desean acariciarle,
pero él nunca deja que lo hagan.
Ser intocable conlleva que nadie podrá herirle, 
pero tampoco alcanzará a sentirle.

Es tan intocable

que una vez

conseguí acariciarle

y descubrí que lo único que quería es que alguien le tocara.

domingo, 27 de marzo de 2016

Vomitar arcoiris y algún verso

Cada noche me encuentro
gente solitaria paseando a sus perros.

Me pregunto
cuántos de ellos buscan una excusa
para salir solos a dar una vuelta con su mascota.

A veces también pienso
que en cierto modo yo también lo hago.

Que tienen razón
todos esos que dicen que soy un poco perra,
así que me saco a mí misma a pasear.

No necesito que nadie lo haga.

Que aunque me guste que me aten
no me gustan las ataduras.
Que las correas y las cuerdas en el cuello puede que me atraigan,
pero no en mi mente.

Mi mente,
que se expande tanto como quiero
-apenas puedo ya controlarla-.

Escribo estas líneas con dedos temblorosos,
porque mis manos ya no pueden contener mi alma
y me traicionan las ganas de vomitar palabras
o vomitar colores sobre un lienzo.


domingo, 13 de marzo de 2016

Historia de un paseo

Cuando no soporto la cárcel que es mi cuerpo,
me escapo al mar.

Es ese amigo confidente e incansable que siempre logra emocionarte.

Es el único que ya me emociona.

Corro hacia el mar y cuando llego a él, lloro.
Lloro porque nadie más me escucha gritar,
lloro porque no podrían comprender que a veces quiera saltar a abrazarte para siempre.

Hoy encontré a una chica sentada entre las rocas,
mirando el mar.

Al principio sentí complicidad.
Después, tristeza.
Si huye al mar por las mismas razones que yo, entonces necesita un abrazo con urgencia.

Y por último sentí miedo,
por si también a ella se le pasaba por la cabeza saltar desde la roca más alta.

Horas después nos encontramos de nuevo.
Suspiré aliviada de que no saltara,
y a su vez, miré las rocas...

Sigo intentando escoger la roca perfecta.